Era ella. La mujer con zapatos de aguja pisaba fuerte por la acera estrecha de la calle Peligros. Ella era actriz, aún no demasiado conocida. Pero su presencia en aquella calle semivacía no dejaba insensible a los escasos viandantes. El taconeo de sus zapatos resonaba en la calle, cercana a la calle Melancolía sabiniana, mientras los hombres salian de las tabernas, las mujeres giraban la cabeza para cuchichear. Era ella: Penélope Cruz.
Y de repente la calle semidesierta, a lo Chirico, se transformó en bulliciosa y los tacones replicaban a vida, y el espectador que nunca admiró a la actriz, puesto que distaba mucho de tener las caderas Marilyn y las interminables piernas de Rita, claudicó ante la evidencia. Penélope tenía algo para triunfar.
Y de repente la calle semidesierta, a lo Chirico, se transformó en bulliciosa y los tacones replicaban a vida, y el espectador que nunca admiró a la actriz, puesto que distaba mucho de tener las caderas Marilyn y las interminables piernas de Rita, claudicó ante la evidencia. Penélope tenía algo para triunfar.
Eso es lo que debieron ver mucho antes algunos de sus "descubridores": Trueba, Bigas Luna, Almodovar y ahora el gran Woody Allen. Trueba descubrió en ella una actriz diferente; Bigas Luna, el erotismo de la nueva generación; Almodovar la hizo su particular Dulcinea y Allen la llevó al olimpo de Hollywood.
Ninguno de ellos, sin embargo, se dió cuenta de que el descubridor era el descubierto. Que era ella, en realidad, quien descubría, quien elegía a sus compañeros de viaje. Y ella tiene claro desde entonces quien es su próximo consorte. Se llama Oscar y habita en California. Este año y los próximos. Senior
